sábado, 7 de octubre de 2017

677. Yury Buida y los replicantes

El pasado jueves asistí en el FNAC de Callao a una charla con el escritor ruso Yury Buida, del que ya se ha hablado en este blog, uno de los autores punteros de la literatura rusa actual, galardonado con el premio Apollon Grigóriev, el más prestigioso de las letras rusas, y algunos otros internacionales, del cual he leído dos novelas fascinantes: El tren Cero (1997) y Helada sangre azul (2011), ambas traducidas al español por Yulia Dobrovolskaya y editadas por Automática Editorial, la empresa que, de forma esforzada y casi heroica, dirige mi amigo Darío Ochoa. Tanto Darío como Yulia estaban en el acto, la segunda en calidad de traductora sucesiva, porque nuestro hombre no habla ni palabra de otro idioma que no sea su ruso cerrado. La verdad es que asistíamos al acto no más de 25 personas, la mitad rusos convocados por la embajada y el resto amigos del club Billar de Letras, capitaneados por Ronaldo Menéndez, que ejercía de entrevistador.

Yury se sentó en el centro, con Yulia a un costado y Ronaldo al otro, cada uno con un micrófono. Pero desde los primeros compases Yury se hizo con el escenario, desde su figura enorme y su voz poderosa e hipnótica, eclipsando totalmente a sus compañeros que parecían quedar en sombra al lado de este gigante. El acto duró hora y media y a Ronaldo apenas le quedó margen para plantearle al escritor tres preguntas. Cada una de ellas desencadenaba una cascada de reflexiones sucesivas, que Yulia se esforzaba en traducir como podía. Las cuestiones puramente literarias fueron súper interesantes, pero en este post quiero centrarme en la larga disertación a la que dio pie la primera pregunta de Ronaldo, que quiso saber cómo se desenvolvía en la gran ciudad de Moscú, donde ahora vive, una persona de un pueblo pequeño como él. Esa pregunta le sirvió para contar sus orígenes y desvelar una historia con la que yo me siento muy identificado.

Yury Buida nació en el pequeño pueblo de Znamensk, en el oblast de Kaliningrado. No sé si ustedes son tan forofos como yo de la geografía, pero, si lo son, seguro que ya habrán advertido que la gran Rusia tiene un territorio escindido de su superficie principal, un enclave con salida al mar Báltico, encapsulado entre Lituania y Polonia y a más de 300 kilómetros del resto de los dominios del señor Putin. Ese es el oblast de Kaliningrado, unos 15.000 kilómetros cuadrados, más o menos el doble de la Comunidad de Madrid y del cual les pongo una imagen para que sepan de qué hablo.

























Kaliningrado es territorio ruso desde el final de la Segunda Guerra Mundial, cuando fue conquistado y arrasado por las tropas soviéticas. Antes tenía otro nombre. Antes era la Pomerania oriental y pertenecía a Alemania. Los pomeranios, un pueblo eslavo, nunca han tenido un estado propio, siempre han estado bajo el dominio de pueblos vecinos más poderosos: la antigua Prusia, Suecia o Rusia. En este momento, la mayor parte de su territorio histórico (la Pomerania occidental) forma parte del estado de Polonia. Y es allí donde viven los descendientes de este pueblo ignoto. Porque en Kaliningrado no queda ni uno, como veremos. En cuanto a la capital del oblast, también por nombre Kaliningrado, no es otra que la vieja ciudad prusiana de  Königsberg.

Cuando los soviéticos se hicieron con el enclave a sangre y fuego, procedieron a efectuar un minucioso proceso de limpieza étnica, lo mismo que hicieron en Letonia. Toda la población alemana o de origen alemán fue deportada a tierras del derrotado Reich hitleriano y se procedió a repoblar el territorio con gentes de Bielorrusia, Ukrania, Kazajstán y la propia Rusia. Gentes a las que se ofrecían incentivos laborales y que fueron los encargados de reconstruir los pueblos y ciudades devastadas. En este contexto se inscribe la historia personal que nos contó Yury Buida y que no creo que puedan encontrar en ninguna búsqueda de Google.

Al parecer, los padres de Yury eran una pareja de abogados de la ciudad rusa de Saratov, un importante puerto fluvial del glorioso Volga. Siguiendo con mi afición a la geografía, les diré que el majestuoso río que atraviesa Moscú, termina, después de recorrer gran parte de la estepa rusa, en las aguas del Mar Caspio. Si remontamos río arriba desde este lago gigante, encontraremos sucesivamente unas cuantas ciudades portuarias de buen tamaño y cuajadas de historia. La primera de ellas, Astrakhan, famosa por la elaboración de pieles y abrigos de lujo (y originaria de la palabra astracanada que, contra lo que piensan algunos, no fue inventada en Cataluña). La segunda gran ciudad que nos encontramos es Volgogrado. ¿Cómo? ¿Qué no les suena? Tal vez la recuerden más por su denominación durante el período soviético: Stalingrado. Y la tercera es Saratov, (900.000 habitantes).

En los tiempos duros de la primera postguerra, al padre de Yury lo enviaron al Gulag. No nos contó por qué, pero en esos tiempos bastaba una frase, una mirada o una falta de entusiasmo patriótico, para que te enviaran a Siberia. Y sucedió que la madre de Yury perdió su empleo en un bufete y se quedó sin derecho a poder trabajar, excepto de fregona, por el mero hecho de ser la esposa de un represaliado. Esta señora, mujer culta y con contactos por toda Rusia, logró conectar con una amiga que había emigrado a Kaliningrado. Y la amiga le escribió diciendo que allí se estaba bien, que había trabajo y que nada le iba a impedir ejercer como abogada. Así que se fue. Por entonces quedaban en la zona unos 100.000 alemanes que todavía no habían podido trasladarse, pero les quedaban dos telediarios. En marzo de 1953, muere Stalin. Y, poco después, los represaliados por delitos menores o de opinión, empiezan a regresar del Gulag. El padre de Yury tiene la idea inicial de buscar trabajo en su tierra y repatriar a su esposa, pero encuentra muchísimas dificultades. Así que se va también a Kaliningrado.

Y, recién reunida la familia, tienen a su primer hijo, que nació en 1954 y hoy es este hombre de físico poderoso y verbo convincente. Desde muy niño, Yury descubre que en su tierra natal sucede algo raro. La gente no tiene pasado. Las historias de todos los vecinos empiezan el día en que llegaron a la tierra prometida; antes no hay nada, o no se habla de ello. Algún día me animaré a contar algo de mi historia familiar, porque yo nací en Galicia y crecí con una sensación similar, dado que mis padres se habían visto obligados a dejar su tierra y trasladarse allí por motivos muy parecidos y, en mi casa, tampoco había pasado y, si lo había, no se hablaba de él. Pero volvamos a Kaliningrado. Según Yury, como la gente no tenía pasado, lo que hacía era inventarse uno a su medida, a base de fantasear. Es decir, que allí todos eran escritores. Según admitió Yury con modestia, su único mérito es haber llegado a publicar, porque él se limitó a hacer lo que todos hacían en su tierra.

Y un detalle muy curioso. Como la región de Kaliningrado se reconstruye bajo los rígidos presupuestos ideológicos de la Rusia de Stalin, pues resulta que no había iglesias. La gente conservaba su fe de manera clandestina sin que las autoridades les dieran mucho la murga por ello, pero no había iglesias. Ni ortodoxas, ni católicas, ni sinagogas ni nada. Las primeras iglesias de la zona no se construirán hasta la llegada al poder de Gorbachov, hace cuatro días como quien dice, en lo que los lugareños llaman irónicamente “la segunda cristianización de Rusia”. Estas y otras muchas cosas interesantes nos contó Yury Buida de su infancia en lugar tan singular. En su pueblo había una torre de agua a cuya terraza se podía subir libremente y desde donde se divisaba el pueblo entero. Allí, de niño, Yury decidió que tenía que escribir sobre todo aquello, para que no cayera en el olvido. Al final hablé un rato con él y compartimos brevemente nuestras peripecias hermanas, con ayuda de la paciente Yulia Dobrovolskaya. Y me firmó sus dos libros, que llevaba para la ocasión. Lo que pasa es que me escribió sus dedicatorias en ruso, con su letra nerviosa, y es difícil saber lo que pone. Abajo la foto que nos hicimos, con Ronaldo y un par de chicas de Billar de Letras. Por cierto, mi nombre en ruso es:  Емилио Мартинес Ѵидал. 











Esa noche dormí inquieto. El tema de la ausencia de pasado y la necesidad de inventarse uno imaginario, conecta directamente con la angustia que sufren los replicantes de la película Blade Runner (Ridley Scott, 1982), cuya secuela se puede ver en el cine estos días. Supongo que conocen la historia. Los Ángeles, 2019 (un año que parecía entonces muy lejano). La Humanidad ha conseguido construir unos robots tan perfectos que son una réplica idéntica del ser humano (por eso el nombre de replicantes) y es imposible distinguirlos de nosotros. Tienen sentimientos, miedos, aprehensiones y todas las emociones del catálogo humano. Y también tienen recuerdos de una infancia y una adolescencia dorada. Pero en realidad, estos recuerdos no son reales: se trata de implantes de memoria.

Y los más listos de entre estos robots empiezan a sospechar que su memoria es un fraude, que en realidad son máquinas y que encima tienen una fecha de caducidad o de obsolescencia programada. Y se rebelan contra eso. Los más radicales pasan a la clandestinidad. Y es entonces cuando se crea el cuerpo de blade runners, una policía especializada en descubrir y retirar (asesinar, digamos) a estos replicantes sediciosos. Yo entré en el Ayuntamiento en octubre de 1982, como ya se ha contado, y poco después vi la película en el cine Avenida, de la Gran Vía. Y me quedé tan alucinado que, al día siguiente, hablé apasionadamente de ella con todos los de la oficina. Mis colegas, todos más veteranos, me escuchaban con una cierta condescendencia y me decían: bueno, ya iremos a ver la película. Y yo les insistía: no, no, tenéis que ir ya, esta tarde, no la dejéis para mañana.

Algunos me hicieron caso y nadie se vio defraudado. Una compañera de entonces me confesó que había ido aquella misma tarde y había arrastrado a su marido que no entendía nada. Pero ¿quién te la ha recomendado? ¿Un pipiolo que lleva dos días entre vosotros y que no sabéis ni qué gustos tiene? ¿Y dices que tenemos que verla hoy mismo? ¿No podemos ir mañana? Tengo que decir que, antes de que la quitaran del cine Avenida, fui a verla por segunda vez, para poder disfrutar de los detalles, porque en mi primera visión había estado en la butaca con tal nivel de tensión que se me habían escapado muchos matices. Luego la he vuelto a ver incontables veces. La tengo en vídeo y me la pongo en las noches en que necesito descansar la mente del ajetreo y la incertidumbre del devenir cotidiano (aunque es una película para disfrutarla en pantalla grande y con sonido atronador). Y es un hecho contrastado que la película fue un fracaso de taquilla, que nadie la entendía entonces.

Durante años me he sentido como alguien especial, o con una sensibilidad singular, por el hecho de haber captado antes que nadie la grandeza de este film inolvidable. Tras escuchar a Yury Buida la otra noche y confrontar con él mi propio pasado, creo que la explicación es otra. Así que esa misma noche decidí acudir al estreno de Blade Runner 2049, al día siguiente, viernes. Necesitaba verla en pantalla grande y en versión original con subtítulos. El problema es que, con el cierre de los cines Ideal al lado de mi casa, lo que yo quería sólo era posible en el complejo Kinépolis de la Ciudad de la Imagen, en el camino a Boadilla del Monte. Así que cogí el coche y me fui para allá. Desde que regresé a vivir en el centro de Madrid, no había vuelto a ese horrible lugar impersonal, dedicado al ocio colectivo en medio del secarral castellano. Bastará decir que los replicantes que vi esa tarde no estaban en la pantalla, sino en la sala y en el vestíbulo.

En cuanto a las impresiones que me ha dejado esta secuela, las vamos a dejar para otro día, que no quiero hacerles un spoiler, como dicen ahora. Sólo una recomendación: quien no haya visto la primera, es mejor que no vaya a ver la segunda. No va a entender nada. Sean buenos. Y cuídense de los replicantes catalonios. 

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