sábado, 5 de enero de 2013

71. Mis recuerdos de Siria

La guerra civil que está destruyendo en todos los sentidos el país sirio está a punto de cumplir dos años y fuentes de la ONU dicen que ya se han rebasado los 60.000 muertos. La cosa tiene muy mala salida, Bachar el Assad caerá más pronto que tarde, pero el día después verá una situación muy complicada. Las fuerzas opositoras son muy variopintas, es dudoso que se sigan entendiendo cuando ganen y, en estas situaciones, suelen imponerse los radicales o los más salvajes. No creo yo que la situación actual de Libia, por ejemplo, sea muy envidiable. Y las heridas de tanta masacre quedarán sin cicatrizar durante mucho tiempo.

Es una pena porque se trata de un país con una historia que se pierde en los orígenes de las culturas mediterráneas, y con un potencial extraordinario, pero siempre marcado por las rencillas y las viejas afrentas entre los pueblos que allí conviven. Hace ocho años tuve ocasión de visitarlo, en un viaje muy diferente de los que organizan las agencias. Por un amigo supe de la posibilidad de sumarme a ese viaje, una iniciativa de la Embajada de Siria en Madrid, cuyo objetivo último era colaborar a mejorar la imagen del país en occidente.

Eran los años de presidencia del auténtico hijo de Bush, la guerra de Irak (con quien Siria comparte una extensa frontera desértica) llevaba ya un año en marcha, y por el mundo circulaban nombres de nuevos candidatos a integrarse en el llamado “Eje del Mal” y, por tanto, susceptibles de ser invadidos con o sin apoyo de la ONU. Siria tenía bastantes números en esa rifa, y desde el régimen de partido único se propiciaban este tipo de viajes-escaparate para lavar su mala imagen antes de que fuera demasiado tarde.

El vuelo (de unas cuatro horas) nos lo pagábamos los interesados, pero luego se nos ofrecía alojamiento en residencias de estudiantes, además de la posibilidad de hotel para quien quisiera unas condiciones más confortables. Durante una semana tuvimos la posibilidad de movernos por el país con relativa libertad, puesto que, nada más llegar, nos asignaron una especie de "amigos" que se turnaban en el empeño de que no nos faltase de nada, y también con la misión de no dejarnos solos ni cinco minutos. Quien haya visitado Cuba, o algunos de los países de detrás del telón de acero, sabrá de qué hablo.

Para los turistas hay cientos de cosas de interés (o al menos las había, tal vez ahora está ya todo en ruinas). Damasco era una ciudad sucia y contaminada, metida en un “bocho” entre montañas y donde se hacinaban más de 2 millones de habitantes, pero llena de pequeños tesoros y con dos centros neurálgicos, la inmensa Mezquita de los Omeyas y el gran Zoco. En una parte del centro estaba el barrio cristiano. Bastaba cruzar una calle para encontrase en otro mundo, un lugar con preciosas iglesias muy antiguas, con tiendas de ropa y con bares donde se vendía cerveza y toda clase de licores.

Al caer el sol, el barrio cristiano se convertía en el centro de diversión nocturna, donde estaban las mejores discotecas. Ahora supongo que será diferente. También podía uno subir por una carreterita mal alumbrada hasta la montaña que rodea la ciudad. Al final, una divisoria: a la izquierda estaba el fastuoso palacio del presidente, de mármol blanco; a la derecha toda una serie de bares con terrazas desde las que se contemplaba la magnífica vista nocturna de la ciudad.

Visitamos también Alepo, la ciudad ahora más castigada por los bombardeos del régimen, con su centro histórico y su castillo, que son Patrimonio de la UNESCO. Y la ciudad mártir de Homs, con sus norias medievales que tal vez hayan sido también arrasadas. Y el castillo de los cruzados, conocido como el Crac de los Caballeros. Y las llamadas “ciudades muertas”, construidas en piedra muchos siglos antes de Cristo y abandonadas en pocos años por un cambio en las rutas del comercio de la zona. Y las ruinas romanas de Palmira, muy cerca de la frontera con Irak, con sus trazados perfectamente conservados por la arena del desierto. Y el pueblo de Malula, en el centro de la única zona del mundo donde se habla el arameo, la lengua materna de Jesucristo.

En contrapartida, nos tocó visitar el (bastante feo) mausoleo de Hafed el Assad, junto a su pueblo natal. El padre del actual presidente era el jefe de las fuerzas aéreas durante la llamada Guerra de los Seis Días, en la que Israel les destrozó toda la aviación. Entonces se impuso sobre otros aspirantes al poder, a base de cargarse a mucha gente e instaurar un régimen dictatorial, basado en el terror. Para perpetuarlo instruyó a su hijo mayor como sucesor, sin saber que moriría seis años antes que él, en un presumible atentado. Entonces llamó urgentemente al segundo, Bachar, que estaba tranquilamente instalado en Londres ejerciendo de dentista.

El ambiente que se respiraba en Siria en aquellos años era mezcla de varios componentes. Por un lado estaba el punto dictatorial. Las fotos del presidente y su padre colgaban en todos los comercios. Cada vez que llegábamos a un pueblo, nos recibían en el Ayuntamiento y nos saludaban oficialmente en un acto en la sala de plenos. Las caras y los atuendos de los políticos locales me recordaban mucho al franquismo y los delegados provinciales del Movimiento.

A esto se superponía un sesgo comunista: Siria siempre estuvo en la órbita soviética y Hafed se formó como militar en Rusia. Eso se notaba, por ejemplo en la existencia de unas magníficas universidades gratuitas, como la de Latakia, adonde acudían estudiantes de muchos países del tercer mundo. Además estaba el islamismo impregnándolo todo. Más el hecho de que el partido único (El Baas, pariente del irakí de Sadam Hussein) era formalmente laico. Todo ello sobre un territorio con una larga historia de convivencia de culturas cristianas, islámicas y judías, que siempre se habían llevado bien. Los judíos sirios, que también los hay, tuvieron que emigrar o pasar a la clandestinidad después de la derrota en la Guerra de los Seis Días.

A cambio de tragarnos el Mausoleo y otras actividades institucionales, se nos ofreció la posibilidad de hacer una visita vetada a los turistas: los Altos del Golán. Esta zona fue conquistada por Israel en la guerra citada. Después, en el contexto de los acuerdos de paz forzados por la ONU, los judíos hubieron de retirarse de una parte sustancial de este antaño próspero territorio sirio, conservando el resto. Antes de retirarse, los soldados judíos dinamitaron uno a uno los edificios de varios pueblos. Y el régimen sirio, decidió dejarlos así para siempre, como testimonio de la barbarie enemiga.

La zona está fuertemente tomada por el ejército sirio y es imposible penetrar en ella sin salvoconducto. El autobús en el que nos llevaron, digno de La Sepulvedana, nos dejó en uno de estos pueblos fantasmas. Cuarenta años después de la guerra, los edificios derruidos estaban invadidos de malas hierbas. En el centro, el antiguo hospital de la zona, usado como cuartel por los judíos y prácticamente en estructura. Y lo más impresionante: durante nuestra estancia llegaron varios autobuses con escolares, a visitar las ruinas. El régimen cultivaba el odio al vecino desde la más tierna infancia.

Desde allí bajamos al valle donde empezaba la zona aún ocupada por Israel, más allá de una franja de tierra de nadie entre alambradas. Venían con nosotros algunos miembros de familias de la zona, que querían saludar a sus parientes del otro lado. A los habitantes sirios de la zona en su poder, los judíos les permitían vivir libremente en sus pueblos, conservando sus costumbres y su religión islámica. También les dejaban salir del país. Pero el que salía, aunque fuera para una breve visita a sus parientes, ya no podía volver a entrar. Una sofisticada forma de limpieza étnica paulatina. La tanda de saludos a voz en grito fue interrumpida por unos jeeps del ejército judío que dispersaron a la gente de su lado, algo que ya estaba previsto.

Cuánto odio para un territorio tan pequeño y tan lleno de historia. Y qué futuro más difícil el suyo.

4 comentarios:

  1. Veo que no estuviste en la ciudad de Bosra, antigua ciudad romana y punto de cruce de las caravanas de Arabia. Su antiguo teatro romano, todo en piedra (basáltica?) negra,es una auténtica joya. Solo Bosra merece un viaje. También Palmira, Alepo y Damasco tenían gran interés (yo fui en 1995).Aunque sin duda la incursión a la frontera de los Altos del Golan ha debido de dejarte una profunda huella.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tengo un poco de Alzheimer pero, si hubiera visto un anfiteatro romano de basalto, me acordaría. Este viaje terminó por ser el resultado de una negociación entre lo que nosotros queríamos hacer y lo que nuestros "amigos" querían que hiciéramos. Además de lo que tú dices, también son impresionantes las llamadas "ciudades muertas". Una civilización prerromana las construyó con grandes bloques de piedra. Cuando cambiaron las rutas comerciales, las abandonaron y están tal cual.

      Eliminar
  2. Es tan bueno el artículo que yo, que nunca he estado en Siria, ya no necesito ir; leyéndole a usted, es como si hubiera estado, y eso sin lexatín para el vuelo y sin correr el riesgo de que la compañía aérea le pierda a uno la maleta.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por tus elogios. Siempre es mejor ver las cosas en directo, en su entorno natural. Si ves el Partenón al natural, verás qué diferente es a cualquier foto. No sé si algún día se podrá volver a Siria. Si alcanzan un período largo de normalidad, tal vez ciudades como Alepo sean reconstruidas con fondos de la UNESCO, como sucedió con Dubrovnik.

      Eliminar